El Papa León manifiesta: "La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta"
18/04/2026
Al concluir el Rosario por la Paz en la Plaza de San Pedro, León XIV nos exhorta a afrontar «como humanidad y con humanidad esta hora dramática de la historia». En un mundo donde «parece que no hay suficientes tumbas», el Pontífice denuncia las «responsabilidades ineludibles de los gobiernos». El de Dios, es un reino sin títeres, sin trivializaciones del mal ni ganancias injustas, sino fundado en la dignidad y el perdón.
«Hermanos y hermanas, quienes oran son conscientes de sus limitaciones; no matan ni amenazan con la muerte. En cambio, quienes le dan la espalda al Dios vivo son esclavos de la muerte, convirtiendo su ser y su poder en un ídolo mudo, ciego y sordo al que sacrifican todo valor y exigen que el mundo entero se arrodille», ha dicho el Pontífice.
La oración de ustedes es expresión de esa fe que, según la palabra de Jesús, mueve montañas (cf. Mt 17,20). Les agradezco por haber aceptado esta invitación, reuniéndose aquí, junto a la tumba de san Pedro, y en otros tantos lugares del mundo para invocar la paz. La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, una pizca de fe, queridos hermanos, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia. La oración, de hecho, no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, no es un analgésico para evitar el dolor que desata tanta injusticia. Es, en cambio, la respuesta más gratuita, universal y disruptiva a la muerte: ¡somos un pueblo que ya resucita! En cada uno de nosotros, en cada ser humano, el Maestro interior educa a la paz, impulsa al encuentro, inspira la invocación.
«Hermanos y hermanas, quienes oran son conscientes de sus limitaciones; no matan ni amenazan con la muerte. En cambio, quienes le dan la espalda al Dios vivo son esclavos de la muerte, convirtiendo su ser y su poder en un ídolo mudo, ciego y sordo al que sacrifican todo valor y exigen que el mundo entero se arrodille», ha dicho el Pontífice.
La oración de ustedes es expresión de esa fe que, según la palabra de Jesús, mueve montañas (cf. Mt 17,20). Les agradezco por haber aceptado esta invitación, reuniéndose aquí, junto a la tumba de san Pedro, y en otros tantos lugares del mundo para invocar la paz. La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, una pizca de fe, queridos hermanos, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia. La oración, de hecho, no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, no es un analgésico para evitar el dolor que desata tanta injusticia. Es, en cambio, la respuesta más gratuita, universal y disruptiva a la muerte: ¡somos un pueblo que ya resucita! En cada uno de nosotros, en cada ser humano, el Maestro interior educa a la paz, impulsa al encuentro, inspira la invocación.